Jaguar

Cuento de marzo © @artiecavarga


—¡Miguel!, ¡Miguel!, ¡ábrenos!

El peón corpulento se levanta de la silla, cubre su cuerpo con una camisa de manta y atiende la puerta. Son las once y cuarto de la noche.

    —Patrón… Señorita Lucero.

Baja la mirada ante el dueño de la hacienda y su hija.

    —¡Gracias al cielo que te encuentro, Miguel! Temí que estuvieras en la fiesta de la villa.

    —El peón a la huerta, decía mi padre…

    —¡Bendito seas! Porque necesito de tu ayuda, Miguel.

    Asiente con la mirada y se aparta de la puerta. El latifundista entra apresurado y arrastra con brusquedad a la joven. Alterada, Lucero recobra la compostura y se arregla el vestido de encajes con sus manos enguantadas.

    —Con todo respeto, patrón, ¿está usted bien? —dijo el peón al ver la herida en la cabeza de su señor.

    —¡Cómo voy a estar bien! ¡Se han metido a la casa! Desde hace un par de semanas noté que alguien se ha estado aventurando en nuestros terrenos. Primero creí que era otro escuincle que venía a robarnos la plata…

    —¡Anda!, ¿y por qué no me dijo?

    —Por tonto, pensé que tarde o temprano los perros lo atraparían.

    —Venga, padre, hay que limpiarlo —Lucero lo toma del brazo y lo guía hacia la mesa del centro.

    El peón la observa silencioso mientras su rostro corta el aire de la cabaña. Tras sentar al viejo se vuelve hacia el peón.

    — Agua caliente y algún trapo limpio, de prisa. 

    El peón obedece. Al regresar de la cocina, la muchacha ya se ha quitado los guantes y está inclinada sobre la cabeza de su padre.

    —Aquí tiene, señorita Lucero. El agua está apenas tibia pero servirá. A usted patrón le traje este tequila pa’ que me siga contando.

    —Gracias Miguel. En fin, se han estado metiendo en la huerta y en la casa desde hace tiempo. El martes pasado me quedé despierto en la cocina, arreglando unos papeles del terreno de Hidalgo, y escuché ruidos extraños. Salí justo a tiempo para ver a un maldito cretino saltando la valla entre el corral y la huerta, como el jaguar del año pasado, ¿te acuerdas?, pero este canijo tenía dos patas y se me perdió entre los árboles. Regresé a revisar la casa: una de las ventanas del primer piso estaba abierta.

    —¿Y cómo era el cretino?

    —No pude distinguir bien. Grande y de piel tostada, creo. Se me figuró como uno de los peones de Don Lupe. El alto… ¿Cómo se llama?

    —Papá, deje de moverse tanto, me ha tirado el trapo.

    —¿Agustín, dice usted? —el peón levanta el trozo de tela ensangrentado y se lo pasa a la muchacha. Sus ojos se cruzan.

    —Sí, Agustín, ese mero, Miguel. Gracias hija, yo creo que ya estoy bien.

    —No sea necio, padre, todavía no se le para la sangre.

    —Disculpe, patrón, no creo que haya sido Agustín. Desde que me cobré una deuda con sus gallinas ya no se acerca ni de broma. Se me hace más bien que fue cosa del abogadillo ese, el trajeado que le quiere quitar tierras… —en un descuido la joven roza su brazo moreno. Miguel se disculpa con un gesto y ella lo mira con desdén— Yo lo he visto cuando voy al pueblo y seguido está metido en negocios chuecos. ¡Cómo no me dijo ese día, patrón! ¡Si yo sé dónde vive! Me hubiera lanzado en ese mismo momento a tirarle la puerta.

    —No Miguel, no creo que el licenciado Robles pierda el tiempo en tonterías. Estoy seguro que fue Agustín. Ya sabes que traigo pleito cruzado con Don Lupe desde la fiesta de mi niña, porque no quiso prestarnos a su hijo de chambelán. El miércoles fui a buscarlo pero me dijeron que se había ido a Morelos y que llegaba sepa cuándo. Decidí dejarlo y ya no te dije nada. Como no volvió a pasar, lo dejé. ¡Pero hoy lo vi otra vez al maldito! Estaba afuera del cuarto de mi hija. Aún en la oscuridad supe que era él. Traté de cerrarle el paso pero me brincó encima como una bestia y salió huyendo, apenas pude soltar un par de tiros.

    —¡Cómo!, ¿ahorita patrón? ¡Venga, vamos a donde Don Lupe!

    —No, no, espera, Miguel, el cabrón ya habrá llegado a la hacienda y también están festejando el quince por allá. Escuché que el alcalde iría para tomarse una copa con Don Lupe y capaz que nos ven con el peón y se nos arma.

    —¿Entonces, patrón?, ¿qué hacemos?

    —Gracias hija, ya está bueno. Miguel, a eso vine, necesito tu ayuda. Lo que haremos será ir mañana en la mañana a buscarlo. Estoy seguro que al menos uno de los tiros lo alcanzó.

    —Bien hecho patrón, aunque en ese caso yo creo que debemos ir ya, antes de que lo piense dos veces y se escape, o venga a hacer una locura mayor.

    El dueño de la hacienda mira los ojos de su peón y sonríe tras varios segundos.

    —No, yo creo que este rufián no se atreve a volver. Iremos mañana, voy a necesitar la escopeta, anda, tráela.

    Miguel se va hacia un armario. Lucero recoge el agua y la tela, y los lleva a la cocina.

    —Aquí está patrón, bien cargadita —regresa el peón al mismo tiempo que la muchacha—. Mañana nos lo chingamos. Llevaré el revólver.

    —Gracias Miguel, estate listo —se levanta y toma el arma para colgarla en su hombro. Su hija lo acompaña hacia la puerta, donde el viejo se despide del peón con un par de palmadas en su brazo.

    Un gemido escapa de sus labios.

El dueño de la hacienda se detiene. Ambos se miran sin decir palabra. Entonces lo toma y le arremanga a tirones la camisa para descubrir un vendaje improvisado, fresco.

    —Pinche Miguel…

    Y la escopeta se agita en el aire apuntando a los ojos negros del peón. 

Lucero se mueve. Miguel se queda quieto. Su cara se cubre de sangre tibia cuando uno de sus cuchillos de cocina atraviesa la garganta del terrateniente.

    El cuerpo cae sobre la tierra, las manos intentan apuntar a la escopeta pero la joven la arrebata.

    —¿Qué esperas? —dice la nueva dueña de la hacienda.

Este asiente en silencio y derrama el resto del tequila sobre el cuerpo de su antiguo amo. Antes de salir arroja un cerillo.

Limones

Cuento de febrero, por @artiecavarga


Entró en el local y se adueñó de un lugar al final de la barra. La luz anaranjada apenas le permitía leer el menú. Todo le resultaba apetitoso pero un arroz con anguila y dos brochetas de pato le parecieron suficientes para comenzar. Se apartó el cabello de la cara y consultó el reloj en su muñeca, las seis de la tarde. Pidió su orden con una jarra de sake frío, un agua mineral y un limón. Observó a su alrededor: dos familias con hijos inquietos, un grupo escandaloso de estudiantes y un anciano en el otro extremo de la barra, a un par de metros. Admiró un cuadro sobre la pared: dos rostros en blanco y negro, perfiles que se escudriñaban asustados por el silencio irremediable de sus opacas existencias, o eso le pareció, quizá fueran tan sólo dos manchas. La pintura le recordó a su tío, quien después de cenar guardaba un acérrimo silencio durante horas, sin despegar la mirada de la mesa como si intentara arañarla con las pestañas. Ella se esforzaba, le ofrecía un té, le platicaba sus aventuras o le cantaba mientras fingía limpiar la cocina. A veces lo lograba, descubría aquel par de ojos irritados de frente contra los suyos escupiendo la verdad de golpe, y entonces le caía el invierno, se batía en retirada, sin saber qué la había motivado ni qué esperaba encontrar, pero segura de que aquello, tan bestial, no era, y se golpeaba las sienes sin poder transformar en palabras el creciente regusto amargo que resecaba su paladar.

Y la saliva le supo ácida en los carrillos.

Los meseros andaban con movimientos apurados y suspiraban demasiado. Quizá por ello el aire tibio tenía un toque de pesar, mezclado con aroma de pescado, salsa de soya y especias. Los labios se le pegaron. Buscó en su mochila el bálsamo y alcanzó a notar con el rabillo del ojo cómo el anciano la estudiaba a conciencia, tal vez se aprendía las venas de sus piernas o guardaba alguna nota mental con promesas de juventud. Por reflejo se ajustó la falda hacia las rodillas. Luego lo pensó mejor y colocó la mochila sobre sus piernas. Respiró profundo, hasta que recordó los suspiros y le dio vergüenza estar robando vida ajena.

Después de humectarse los labios sacó su cámara de la bolsa frontal. El ambiente estaba estupendo y quedaría muy bien en sus notas por la noche pero debía documentar para ser fiel a sus primeras impresiones. Capturó los vapores, el borroneo fantasmal de meseros corriendo, las botellas de sake amontonadas y por último un par fotos con la gigantesca cabeza de atún que trabajaban los cocineros detrás de la barra. Le pareció encontrar al personaje principal. Un verdadero viajero, perdido de manera irrefutable y sin comprenderlo. Sú tío debía tener parientes entre los atunes, o al menos enemigos. Ella creía firmemente en la reencarnación, las segundas oportunidades y las vidas animales, pues le resultaban la única forma verosímil de explicar todos aquellos encuentros primerizos que nacían con sabor a memorias. Observó a detalle los labios aún brillantes el atún y notó que arrojaban un murmullo, un enigma robado. Quizá, si se esforzaba, las fotos lo revelarían más adelante. Se imaginó el descubrimiento y le corrió energía por la espalda, los vellos de sus brazos vibraron. Pensó en el ciclo perdido: revelar una foto para que a su vez nos releve los misterios, las mentiras y las realidades, una maravilla. Era cierto que la era digital le había echado tierra al proceso al robarle su momento más íntimo, pero aún quedaban esperanzas.

Le sirvieron las brochetas y las bebidas. Insistió en el limón. Miró de nuevo al anciano pero ya tenía los ojos de vuelta sobre su plato. La empujaron. Un mesero tropezó con la pata trasera de su silla y apenas se disculpó, falto de aliento, muy exasperado. Como llevaba seis horas sin comer apuró las brochetas, y cuando llegó el arroz solitario se vió forzada a insistir con el limón. Pensó en la vez que Roberto se lanzó a gritar en un bar porque no llegaba su hamburguesa. Un reclamo de ligas mayores, con entusiasmo y mucha saliva. Por fortuna logró capturarlo en una foto que cada vez que observaba la imaginaba publicada en la prensa matutina, con encabezados sobre protestas y debates  por el calentamiento global, el racismo o la falta de privacidad en redes sociales. Además, Roberto era guapo, abogado y se las apañaba con facilidad para conseguir lo suyo. La ansiada hamburguesa llegó a él tras el fortuito alegato, resultó ser gratis y la acompañaba una somera disculpa en forma de refresco al tiempo. Entonces nació otra foto donde Roberto explicaba, o mejor dicho, demostraba la importancia del respeto por uno mismo. Él era de Navojoa, su madre lo había traído a la capital antes de que cumpliera la mayoría de edad para que pudiera conocer el mundo sin que los vicios de la madurez se lo impidieran, como a su padre. Y también porque aquí vivía su padrastro, un abogado parlanchín que no le mostró mundo, pero sí le inculcó su oficio.

Llegó el limón.

Comió medio tazón de arroz, terminó el agua mineral y sacó una libreta roja. Tenía los bordes gastados, las hojas un poco amarillas y olía a hojarasca. La abrió en una página con manchas de vino y dibujos de arañas. Algunas eran realistas, pero la mayoría se estiraba sobre patas demasiado largas. Las imaginó en revistas de moda. Tomó una pluma de su mochila y agregó un par de garabatos. Las arañas la ayudaron a reflexionar. Recordó al anciano y sopesó una idea que le venía escupiendo desde el subconsciente. Al final se decidió y tomó una foto al anciano que seguía ocupado con su plato. Él se dio cuenta pero no se atrevió a hablarle.

Consultó el reloj, las siete menos cuatro. Terminó su anguila, relamió los palillos y bebió el sake en tragos breves y pausados. Daba la impresión de que no le gustaba el sabor porque hacía demasiadas muecas entre cada uno. Aún así, lo terminó y pidió otra jarra. Le duró lo suficiente para agregar una docena adicional de arácnidos sobre la libreta. En realidad no tenían importancia, bien podrían ser hormigas o alacranes, lo relevante eran los trazos largo y finos en las patas porque le daban continuidad a las ideas. Una idea, pensaba ella, podía ser falsa o verdadera, lógica o absurda, pero sólo podía valorarla si era persistente, si fluía ininterrumpida por su mente como el dibujo de una línea. A veces, en sus mejores días, agregaba más de ocho miembros a sus arañas, sin miramientos. Entonces se llenaba de felicidad. Ella era así.

Al terminar guardó la libreta, se limpió la boca con la manga y pidió la cuenta. Tomó el limón aún virgen entre sus manos, redondo y brillante, sin manchas amarillas. Se acordó de un billar a unas cuadras de distancia donde podría escuchar un poco de rock. Pagó sin dejar propina y dejó el limón sobre la mesa. El anciano la miró por última vez.

Afuera el aire estaba fresco y olía a tierra mojada, pero el pavimento se veía seco. Ya había oscurecido. Miró en su mochila y sacó un libro viejo, una primera edición de Kerouac. Era perfecto, olía a polvo, las hojas gastadas producían un agradable siseo bajo las yemas, el lomo se hallaba un poco quebrado pero en buena forma aún, y la pasta brillaba sin rasgaduras. Lo acercó a su nariz para olerlo. Luego admiró el magnífico estado del libro en su conjunto, una belleza.  Lo guardó. A Roberto le divertía su forma de interactuar con los libros pero no la comprendía.

Reanudó su marcha y llegó al billar. Había pocas mesas ocupadas. Pidió una cerveza y un limón, y se sentó a leer. Esta vez ambos llegaron a su mesa sin contratiempos. Respiró profundo y se perdió en el libro. De vez en cuando hacía una pausa, anotaba algo en la libreta roja, y continuaba. La tranquilidad le llegó bien a pesar de la música, el parloteo y las parejas jóvenes derramando cerveza entre besos asquerosos y desesperados, pero todo transcurría fuera de sus oídos, muy lejos, en otra realidad.

Ya no hubo más necesidad de arañas.

A las doce cerró el libro y llamó por teléfono.

–Hola, ¿estás solo?

Tomó el limón y jugó con él entre sus dedos.

–¿Puedo quedarme hoy?, llego en media hora. Pero deja la perra adentro, me gusta que se suba a la cama cuando comienza el frío.

Colgó y pagó. El limón se quedó sobre la mesa junto con la propina.