Limones

Cuento de febrero, por @artiecavarga


Entró en el local y se adueñó de un lugar al final de la barra. La luz anaranjada apenas le permitía leer el menú. Todo le resultaba apetitoso pero un arroz con anguila y dos brochetas de pato le parecieron suficientes para comenzar. Se apartó el cabello de la cara y consultó el reloj en su muñeca, las seis de la tarde. Pidió su orden con una jarra de sake frío, un agua mineral y un limón. Observó a su alrededor: dos familias con hijos inquietos, un grupo escandaloso de estudiantes y un anciano en el otro extremo de la barra, a un par de metros. Admiró un cuadro sobre la pared: dos rostros en blanco y negro, perfiles que se escudriñaban asustados por el silencio irremediable de sus opacas existencias, o eso le pareció, quizá fueran tan sólo dos manchas. La pintura le recordó a su tío, quien después de cenar guardaba un acérrimo silencio durante horas, sin despegar la mirada de la mesa como si intentara arañarla con las pestañas. Ella se esforzaba, le ofrecía un té, le platicaba sus aventuras o le cantaba mientras fingía limpiar la cocina. A veces lo lograba, descubría aquel par de ojos irritados de frente contra los suyos escupiendo la verdad de golpe, y entonces le caía el invierno, se batía en retirada, sin saber qué la había motivado ni qué esperaba encontrar, pero segura de que aquello, tan bestial, no era, y se golpeaba las sienes sin poder transformar en palabras el creciente regusto amargo que resecaba su paladar.

Y la saliva le supo ácida en los carrillos.

Los meseros andaban con movimientos apurados y suspiraban demasiado. Quizá por ello el aire tibio tenía un toque de pesar, mezclado con aroma de pescado, salsa de soya y especias. Los labios se le pegaron. Buscó en su mochila el bálsamo y alcanzó a notar con el rabillo del ojo cómo el anciano la estudiaba a conciencia, tal vez se aprendía las venas de sus piernas o guardaba alguna nota mental con promesas de juventud. Por reflejo se ajustó la falda hacia las rodillas. Luego lo pensó mejor y colocó la mochila sobre sus piernas. Respiró profundo, hasta que recordó los suspiros y le dio vergüenza estar robando vida ajena.

Después de humectarse los labios sacó su cámara de la bolsa frontal. El ambiente estaba estupendo y quedaría muy bien en sus notas por la noche pero debía documentar para ser fiel a sus primeras impresiones. Capturó los vapores, el borroneo fantasmal de meseros corriendo, las botellas de sake amontonadas y por último un par fotos con la gigantesca cabeza de atún que trabajaban los cocineros detrás de la barra. Le pareció encontrar al personaje principal. Un verdadero viajero, perdido de manera irrefutable y sin comprenderlo. Sú tío debía tener parientes entre los atunes, o al menos enemigos. Ella creía firmemente en la reencarnación, las segundas oportunidades y las vidas animales, pues le resultaban la única forma verosímil de explicar todos aquellos encuentros primerizos que nacían con sabor a memorias. Observó a detalle los labios aún brillantes el atún y notó que arrojaban un murmullo, un enigma robado. Quizá, si se esforzaba, las fotos lo revelarían más adelante. Se imaginó el descubrimiento y le corrió energía por la espalda, los vellos de sus brazos vibraron. Pensó en el ciclo perdido: revelar una foto para que a su vez nos releve los misterios, las mentiras y las realidades, una maravilla. Era cierto que la era digital le había echado tierra al proceso al robarle su momento más íntimo, pero aún quedaban esperanzas.

Le sirvieron las brochetas y las bebidas. Insistió en el limón. Miró de nuevo al anciano pero ya tenía los ojos de vuelta sobre su plato. La empujaron. Un mesero tropezó con la pata trasera de su silla y apenas se disculpó, falto de aliento, muy exasperado. Como llevaba seis horas sin comer apuró las brochetas, y cuando llegó el arroz solitario se vió forzada a insistir con el limón. Pensó en la vez que Roberto se lanzó a gritar en un bar porque no llegaba su hamburguesa. Un reclamo de ligas mayores, con entusiasmo y mucha saliva. Por fortuna logró capturarlo en una foto que cada vez que observaba la imaginaba publicada en la prensa matutina, con encabezados sobre protestas y debates  por el calentamiento global, el racismo o la falta de privacidad en redes sociales. Además, Roberto era guapo, abogado y se las apañaba con facilidad para conseguir lo suyo. La ansiada hamburguesa llegó a él tras el fortuito alegato, resultó ser gratis y la acompañaba una somera disculpa en forma de refresco al tiempo. Entonces nació otra foto donde Roberto explicaba, o mejor dicho, demostraba la importancia del respeto por uno mismo. Él era de Navojoa, su madre lo había traído a la capital antes de que cumpliera la mayoría de edad para que pudiera conocer el mundo sin que los vicios de la madurez se lo impidieran, como a su padre. Y también porque aquí vivía su padrastro, un abogado parlanchín que no le mostró mundo, pero sí le inculcó su oficio.

Llegó el limón.

Comió medio tazón de arroz, terminó el agua mineral y sacó una libreta roja. Tenía los bordes gastados, las hojas un poco amarillas y olía a hojarasca. La abrió en una página con manchas de vino y dibujos de arañas. Algunas eran realistas, pero la mayoría se estiraba sobre patas demasiado largas. Las imaginó en revistas de moda. Tomó una pluma de su mochila y agregó un par de garabatos. Las arañas la ayudaron a reflexionar. Recordó al anciano y sopesó una idea que le venía escupiendo desde el subconsciente. Al final se decidió y tomó una foto al anciano que seguía ocupado con su plato. Él se dio cuenta pero no se atrevió a hablarle.

Consultó el reloj, las siete menos cuatro. Terminó su anguila, relamió los palillos y bebió el sake en tragos breves y pausados. Daba la impresión de que no le gustaba el sabor porque hacía demasiadas muecas entre cada uno. Aún así, lo terminó y pidió otra jarra. Le duró lo suficiente para agregar una docena adicional de arácnidos sobre la libreta. En realidad no tenían importancia, bien podrían ser hormigas o alacranes, lo relevante eran los trazos largo y finos en las patas porque le daban continuidad a las ideas. Una idea, pensaba ella, podía ser falsa o verdadera, lógica o absurda, pero sólo podía valorarla si era persistente, si fluía ininterrumpida por su mente como el dibujo de una línea. A veces, en sus mejores días, agregaba más de ocho miembros a sus arañas, sin miramientos. Entonces se llenaba de felicidad. Ella era así.

Al terminar guardó la libreta, se limpió la boca con la manga y pidió la cuenta. Tomó el limón aún virgen entre sus manos, redondo y brillante, sin manchas amarillas. Se acordó de un billar a unas cuadras de distancia donde podría escuchar un poco de rock. Pagó sin dejar propina y dejó el limón sobre la mesa. El anciano la miró por última vez.

Afuera el aire estaba fresco y olía a tierra mojada, pero el pavimento se veía seco. Ya había oscurecido. Miró en su mochila y sacó un libro viejo, una primera edición de Kerouac. Era perfecto, olía a polvo, las hojas gastadas producían un agradable siseo bajo las yemas, el lomo se hallaba un poco quebrado pero en buena forma aún, y la pasta brillaba sin rasgaduras. Lo acercó a su nariz para olerlo. Luego admiró el magnífico estado del libro en su conjunto, una belleza.  Lo guardó. A Roberto le divertía su forma de interactuar con los libros pero no la comprendía.

Reanudó su marcha y llegó al billar. Había pocas mesas ocupadas. Pidió una cerveza y un limón, y se sentó a leer. Esta vez ambos llegaron a su mesa sin contratiempos. Respiró profundo y se perdió en el libro. De vez en cuando hacía una pausa, anotaba algo en la libreta roja, y continuaba. La tranquilidad le llegó bien a pesar de la música, el parloteo y las parejas jóvenes derramando cerveza entre besos asquerosos y desesperados, pero todo transcurría fuera de sus oídos, muy lejos, en otra realidad.

Ya no hubo más necesidad de arañas.

A las doce cerró el libro y llamó por teléfono.

–Hola, ¿estás solo?

Tomó el limón y jugó con él entre sus dedos.

–¿Puedo quedarme hoy?, llego en media hora. Pero deja la perra adentro, me gusta que se suba a la cama cuando comienza el frío.

Colgó y pagó. El limón se quedó sobre la mesa junto con la propina.